A Vicinzu ‘i Scigna

 

De niño me parecía que los viejos pertenecían a un mundo lejano y extraño cuyo secreto despertaba en mí una gran curiosidad y algunas veces miedo. Pasados algunos años he descubierto que aquel mundo no era tan extraño, observarlo me aproximaba a mi propia historia.

Veía cómo aquellos hombres de pie bajo la lluvia en la plaza del pueblo se recogían en pequeños círculos y me parecía que sus largas capas negras y sus grandes paraguas de madera y de pesada tela podían protegerles de todo.

 

Los recuerdo en la sesión de tarde del cine del pueblo cuando llenaban las filas delanteras. Algunas veces sentía el deseo de confundirme con ellos y cuando al final del espectáculo nos agolpábamos en la salida, me gustaba oír sus voces y su dialecto con aquellas expresiones antiguas.

Los miraba con el sol de invierno, colocados en una larguísima fila contra la pared de la iglesia de Mormano, todo uno con la piedra de aquel muro, formaban un cuerpo único, parecían centinelas parados allí desde siempre para impedir el paso del tiempo.

 

foto di Domenico Russo

 

Los encontraba en el tren del ferrocarril Cälabro-Lucano; sus caras estaban marcadas por la tierra, por la piedra y por los bosques donde vivían y de los que llevaban impregnados sus olores. Eran personas verdaderas y mantenían expresiones austeras hasta cuando sonreían.

Recuerdo aquel momento, hace casi treinta años, vagaba por el campo con la cámara fotográfica en busca de restos de un pasado que quizás existía sólo en mi imaginación. Había vuelto al pueblo después algunos años de ausencia y tenía el deseo de reconocerlo, de colmar la distancia que sentía de los lugares y de las personas, especialmente de los viejos. Encontré a Vicinzu ’i Scigna  sentado en una vieja silla delante de su casa de campo; fumaba en pipa, cosa insólita para los campesinos de nuestra zona, viendo aquella figura tan original, le pedí permiso para fotografiarle y él esbozando una sonrisa ajustó su pose, después llamó a su la nieta que llegó con un gato. Mientras hacía aquella foto noté una extraña desazón.

Me gustaría que Vicinzu estuviese aquí, estaría muy contento, como yo, del hecho de que algunos artistas de diversos países de Europa, ante el reclamo de una imagen tan simple, hayan sentido el deseo de revisar la foto que lo retrata.

No creo que Vicinzu, en ese punto de su vida, fuese consciente de ser un símbolo de aquel mundo y que su imagen habría podido continuar transmitiendo sugerencias.

Él, como mi tío, mi tía y los otros campesinos como ellos vivían su tierra como su reino y su condena, trabajando bajo el sol, con los pies desnudos en el agua, día tras día, sin poder alejarse nunca de su campo- llegaban a mantener a la familia. Muchos han construido una casa para los hijos cultivando con ayuda de un burro o de un mulo, maíz, tomates, patatas, lechugas, cebollas…

Una vez finalizadala actividad productiva Vicinzu y muchos otros campesinos continuaban yendo cada día a su campo y a su casa ahora ya abandonada. Pienso que iban a reconstruir la memoria de su mundo, a buscar una continuidad en su propia existencia a través de penas y alegrías que habían vivido y que sentían desvanecerse. Tal vez querían ordenar su propia identidad alejándose del presente, frente al cual, quizás, se sentían extranjeros y un poco perdidos.

Ante aquella imagen sentí entonces, junto a la nostalgia por un mundo que desaparecía, la incomodidad de una separación no escogida que buscaba recomponer. Hoy mientras la miro y me parece que se basta a si misma, la incomodidad ha dejado paso a un poco de tristeza y a una sonrisa hacia un amigo y hacia aquellos que él representa.

Domenico Russo