Maese Dicson y Philoteu Giordano Bruno

domingo, 5 de abril de 2009



Al igual que ciertas gemas, los libros no obstante su considerable peso y densidad pueden ser frágiles. Así como las perlas se oscurecen contra la piel de ciertos usuarios antagónicos. Hay libros que el tiempo habrá de oscurecer; el tiempo podrá disolver un libro por completo, como el vinagre disuelve un diamante cuyo nombre es el nombre de lo indestructible, lo adamantino.

Los libros se desintegran, sus fuegos, que un día inflamaran los sentidos de los lectores, se apagan y sólo dejan cenizas: cuesta creer que pudieron ser alguna vez leídos con fervor. Se pensaría incluso que jamás fueron leídos por nadie, que ni siquiera fueron realmente escritos, que los autores sólo los acumulaban, cubriendo páginas con un simulacro de prosa, numerando capítulos, marcando sus secciones, llevándolos a las imprentas, donde encenderían fuegos en las mentes de aquellos que sólo los manipulaban y soñaban con sus entresijos.

Amphiteatrum sapientiae aeternae. Basil Valentinus su Carroza Triunfante de Antimonio. Utriusque cosmi historiae.

Eso no puede ser así, no es posible que las personas fueran tan diferentes de como son ahora, que tanto amaran y necesitaran del inerte papel impreso. Debe de ser, entonces, que en otros tiempos los libros eran diferentes. ¿Cuáles, por ejemplo?

Um amante de los libros que recorriera el atrio de St. Paul en Londres en la primavera del año 1583, buscando en las librerías algo auténticamente nuevo, pasando de largo por las mesas de opúsculos religiosos y relatos de crímenes horrendos recién descubiertos, y en los quioscos de periódicos que editaban almanaques y libros de profecías en su mayor parte anticuadas,y en aquellos que vendían sobrias historias de las últimas guerras de los barones o de las diatribas religiosas, hubiera podido posar la mano sobre un volumen en folio en latín, sin fecha ni lugar de publicación, aunque en apariencia una edición inglesa. Ars reminicendi et in phantastico campo exarandi, y mucho más, según la enjundiosa portada.

El arte de la memoria, y de cómo disponer sus elementos en un campo imaginario. Envueltas en folios de pergamino, cosidas pero no encuadernadas, las páginas sin cortar y por lo tanto difíciles de explorar, caveat emptor. El amante de los libros (éste es un joven escocés de buena familia, su nombre es Alexander Dicson y está al servicio de sir Philip Sidney) ha visto antes libros de esta clase, libros que aparentan ofrecer instrucción en ciertas artes útiles, el arte de recordar, el de escribrir en códigos secretos, el de encontrar piedras y metales preciosos en la tierra, pero que al lector acucioso empiezan a ofrecerle más, como si fueran despertando, liberándose de las ataduras del sueño.

El escocés también conocía este arte de la memoria, aunque nunca lo había practicado: lugares y cosas proyectadas en ellos por los que el orden de un sermón, digamos, o de una disertación podría recordarse. En este libro el lugar es denominado subjectus, y la cosa adjectus.
Incluía además un libro de "Sellos", fueran éstos lo que fuesen, ad omnium scientiarum et artium inventionem dispositionem et memoriam, para descubrir y disponer y al mismo tiempo recordar todas las artes y las ciencias. ¿Cómo podría la memoria descubrir el conocimiento? ¿No era un sello un cierre y no una abertura?
Luego, una explicación de los treinta sellos. Después, un Sello de los Sellos. Último.


Per cabalam, naturalem magiam, artes magnas atque breves, murmuraba la portada en la tipografia más menuda. Por medio de la cábala, la magia natural, las artes mayores y menores. Pasando de uno a otro pie, maese Dicson espió las páginas, atisbando diagramas, letras hebreas, el Adán dibujado en un cuadrado, el Adán dibujado en un círculo. Maese Dicson volvió a la anteportada, una dedicatória. De quién es este libro en todo caso?


"Philoteus Jordanus Brunus Nolanus, doctor ( más de una teología más recóndita), profesor (mas de una pura y más inocente sabiduría), encomiado en las mejores Academias de Europa, renombrado filósofo y recibido con honores en todas partes, en ninguna un extranjero excepto entre los bárbaros y villanos, despertador de almas adormecidas, azotes de la presuntuosa y contumaz ignorancia, heraldo de una benevolencia universal, que no privilegia al italiano más que al britano, al macho más que a la hembra, a la mitra más que a la corona, a la toga del senador más que a la armadura del general, al monje tonsurado más que al seglar, sino sólo a aquel que es más apacible, más civil, más leal, más capaz; que no valora en nada la testa ungida, la frente persignada, las manos lavadas en agua bendita, el miembro circunciso, sino - lo que su rostro en verdad puede revelar - la mente y el alma cultivadas. Que es odiado por los lenguaraces propagadores de insensateces y por los hipócritas, pero requerido por los honestos y los amantes del estudio..."
Amor y Sueño, J. Crowley.

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Los 3 poderes

"...Amor, Memoria, Mathesis. Estos tres. Y el más grande de todos es el Amor. Por medio de la Mathesis, reducir la infinidad a categorías naturales de sentido y de orden, y crear sellos que son las almas secretas de sus complejidades. Por medio de la Memoria albergar en nuestro interior esos sellos y abrirlos a voluntad, recorrer el mundo de nuestro interior en cualquier dirección, combinar y volver a combinar la materia que la constituye y hacer con ella cosas nuevas nunca vistas hasta entonces. Y por medio del Amor, dirigir el alma hacia los mundos conquistándolos al tiempo que nos sometemos a ellos, ahogarse en la infinitud sin ahogarse:
el Amor necio y astuto, el Amor paciente y obstinado, el Amor dulce y fiero."

Giordano Bruno.

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