Ars Memoriae I

martes, 1 de julio de 2008


“Hubo una vez – digamos más o menos en la época de la cristianización del Imperio Romano, o al comienzo de la Era de Piscis – unos hombres sabios en la ciudad de Alejandría o quizás en algún lugar más antiguo y más remoto del Viejo Mundo, que, por obra y gracia de puro pensamiento hicieron un descubrimiento asombroso.
Descubrieron que el tiempo y el mundo no discurren uniformemente par a la par, sino que están sujetos a alteraciones repentinas, totales e irreversibles. De vez en cuando el universo observable pasa a través de un torniquete o deflector y aparece del otro lado diferente; diferente no sólo en sus extensiones físicas y en las leyes que las gobiernan, sino diferente también en su pasado y su futuro: en un tiempo el mundo era todo de esta manera; después cambió; ahora es de otra manera, y así ha sido siempre.
Los Magi que así descubrieron la antigua existencia de un pasado perdido, ya no más recuperable, supusieron que debió de ser, naturalmente, un pasado mejor que el que registraban sus historias usuales. En aquél otro pasado, creían ellos, los dioses habían vivido en la Tierra entre los hombres, y los hombres habían poseído artes y tesoros ahora desvanecidos. De modo que se consagraron a la tarea de descubrir qué rastros de ese pasado perdido podían haber sobrevivido sin alteraciones en la época decadente en que vivían; y en sus indagaciones crearon o recrearon una docena de artes y mil obras de diferente valía. Percibiendo entonces que su propio Universo estaba a su vez en vías de sufrir un brusco cambio de rumbo o una transformación (percibiendo en verdad que su descubrimiento de las periódicas transformaciones profundas del mundo sólo era posible porque una de ellas estaba en vías de producirse), la hermandad de los sabios se dedicó a tratar de preservar algo de lo que habían descubierto o creado: algo que contuviese, como un cofre, no sólo los poderes y las artes a punto de perderse una vez más, sino también la memoria de caídas como la que estaban experimentando. Sospechando que las posibilidades de que alguna parte de su mundo sobreviviera sin cambios en el siguiente serían escasas, crearon varios de esos portadores – una joya, un elixir, una vasija, un personaje sumido en un sueño inmutable – y mientras el armazón del universo que ellos conocían temblaba y sacudía, iban en grupos a los 4 confines de la Tierra( que sí tenía 4 confines en aquel entonces) para preservar y ocultar esos tesoros y pasar a sus descendientes el conocimiento y el deber de conservarlo y velar por ellos.
Inevitablemente, sin embargo, uno por uno, corroídos o deteriorados por las alteraciones del espacio y el tiempo, los tesoros acaban siendo basura inservible; los custodios olvidan qué es lo que están custodiando y por qué; la nueva era envejece, y las historias, si se las recuerda, se las recuerda sólo como eso, como historias. Y mientras esas era avanza también ella hacia su fin( mas o menos a finales del Renacimiento) en medio de rumores terribles y especulaciones descabelladas, un nuevo plantel de hombres sabios observa que la convulsión de su tiempo no es nada más que la última de una serie, narrada en historias y codificada en las oscuridades de las Ciencias Antiguas y en las recetas de los libros de Magia. El naufragio del tiempo, concluyen, está apunto de sacar a la luz los tesoros que el pasado depositó, del mismo modo que un terremoto rompe y vacía las tumbas; y ellos los herederos de la joya, del cráter, de la persona sumida en sueño como de muerte con la tabla esmeraldina apretada entre los blancos dedos; y los herederos también, del deber de preservar y transmitir por lo menos uno de estos tesoros con vida a la nueva era desconocida que ahora despunta, etc, etc, etc. Pero estos últimos se dieron cuenta de algo muy importante: lo único sólido, lo único concreto, era el Pensamiento; los personajes no eran más que manifestaciones del cambio en forma humana. El único personaje real era el Tiempo. El tiempo que soportaba las agonías transformadoras del héroe, aprisionado, atormentado, aprendía a cambiar y a renacer. El cuerpo del Tiempo.”

Crowley, J. La Historia secreta del Mundo,
II Volumen, Amor y Sueño. Minotauro. 1998.


Y tiempo es Memoria; el líame que conecta el cuerpo del tiempo, espacial y infinito, con las formas temporales y emergentes, es únicamente la Memoria, poder también sujeto a cambios de forma y naturaleza pero capaz de en determinadas circunstancias, participar de la materia y forma del cuerpo del Tiempo (para los antiguos griegos el tiempo tenía una forma), impregnándose de su Virtud, reflejándose en él como en un espejo, imprimiendo en sí misma sus historias, sus imágenes. Conocemos esta teoría en Platón como “el punto de transición”, el tiempo de tránsito en el que todo se vuelve posible, y nuevas leyes cobran existencia; El Tiempo y la Memoria tienen supuestamente la misma forma: Circular [o espiral]. De hecho, el primer sello del Arte de la Memoria es el Campo:












El Campo es la memoria misma, que no es diferente de la Virtú Imaginativa , el poder de la imaginación. En él encontramos el número virtualmente infinito de las cosas que mis ojos y oídos y otros sentidos han colocado en ello desde el nacimiento, es el Caos de Anaximandro, y poner orden en él representa nuestra principal tarea.




El segundo sello es la Cadena:
Todas las cosas, las percibamos o no inmediatamente, están encadenadas, de la inferior a la superior, de la precedente a la posterior, de la primera a la siguiente y a la siguiente. Aries actúa sobre Tauro. Tauro sobre Géminis, Géminis sobre Cáncer: el Zodíaco es una cadena; cada uno de sus eslabones está formado por cadenas más pequeñas, ad infinitum. De esta manera está también ordenada la Memoria. A través de la Cadena podemos llegar a las cosas más elevadas, ir arriba e abajo en la Cadena del Ser.
Los sellos se suceden, La Fuente, El Espejo…hasta un total de 36, con el reverso de la Cadena también verdadero.
El agente a través del cual la Virtud Memorativa opera en el cuerpo del tiempo fue nominado por primera vez entre los estoicos y platónicos del Antigüedad helénica, que le llamaron Pneuma , que posee multitudes de acepciones, de entre ellos el de Aliento. Con Dante y la Escuela del Still Nuevo recuperó su concepción mágico-religiosa como el Spiritu Peregrino, y finalmente, volvió a ser estudiada con la misma concepción en la Escuela Florentina a partir de la obra de Ficino, De vita coelitus comparanda (1433). El pneuma fluye por todo el cuerpo, constituye una especie de segundo cuerpo estrechamente ligado al físico, donde aprehendía las sensaciones (un rumor, una visión) reflejándolas, y por su vez grabándolas en la Memoria. Este Pneuma fluía del corazón y volvía a él; estaba en parte bajo el control del alma y en parte sometido al cuerpo a cuyos sentidos servía. Los sentidos materiales recibían la información, ésta inflamaba el Pneuma que sintetizaba las imágenes que recibía de todos los sentidos y el alma (formada por la tríade de Memoria, Voluntad e Intelecto) percibía en él el reflejo inmaterial del objeto y reflexionaba: ¿es bueno esto? ¿Es malo? Entonces la Voluntad elegía aceptarlo o rechazarlo. La imagen aceptada se grababa entonces en la Memoria que, por su vez, buscaba en las esferas más elevadas (el cuerpo del Tiempo, Inconsciente Colectivo, Mens, Nous, etc.) su identificación atemporal. Una vez efectuada esta identificación, la imagen correspondiente se imprimiría de manera permanente en la Memoria, y estos signos impresos son más perfectos, más duraderos, y sobretodos vivos y capaces de cambio: permutación, peregrinación, combinación y generación. Éstas son las bases para el Arte de la Memoria, el juego del Espíritu, que pretendo tratar lúcida y creativamente en este pequeño trabajo.




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Los 3 poderes

"...Amor, Memoria, Mathesis. Estos tres. Y el más grande de todos es el Amor. Por medio de la Mathesis, reducir la infinidad a categorías naturales de sentido y de orden, y crear sellos que son las almas secretas de sus complejidades. Por medio de la Memoria albergar en nuestro interior esos sellos y abrirlos a voluntad, recorrer el mundo de nuestro interior en cualquier dirección, combinar y volver a combinar la materia que la constituye y hacer con ella cosas nuevas nunca vistas hasta entonces. Y por medio del Amor, dirigir el alma hacia los mundos conquistándolos al tiempo que nos sometemos a ellos, ahogarse en la infinitud sin ahogarse:
el Amor necio y astuto, el Amor paciente y obstinado, el Amor dulce y fiero."

Giordano Bruno.

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